martes, 27 de diciembre de 2022

Martes 27/12/22 - Inicio del blog (y sus orígenes originarios)


El viaje empieza.

Me llevó años animarme a decir que escribo. A autoafirmarme como escritora (na, no soy Borges ni Pizarnik, pero escribo en fin). Me gusta escribir, ¿cuál hay? Sin embargo, el bichito autoboicotero, en ya 7 años de los que llevo escribiendo, me ha reprimido de tal manera que jamás he compartido a mis amigos o personas cercanas un sólo texto (a excepción de un amigo, con quien intercambié, hará un año, uno o dos escritos). Por recelo y por falta de confianza en mí misma. Qué triste, ¿verdad? Hacer algo y guardártelo como si fuera un secreto de máxima confidencialidad... guardarme a mí misma (porque los escritos hablaban sobre mí, de manera directa o indirecta), como si fuera un tema de máxima confidencialidad... ¿Por qué me daba tanta vergüenza mostrarme a mí misma?

Pero acá estoy, y eso es lo que importa hoy. 

Otros pocos años, diremos que la mitad de esos 7 años, me debatí en abrir un blog. Nunca tuve en claro muy bien sobre qué hacerlo. Recomiendan que un blog esté orientado a un tema en particular, y no puedo mentir, la verdad es que no puedo abocarme a sólo un tema. La vida no se trata de un sólo tema. Y aquí quiero escribir sobre la vida en sí, y todo lo que ello implica. Bueno, tal vez haya descubierto el tema en cuestión, en este preciso momento... 

Escribo desde mis 18 años (vamos, yo sé que ya tenés en claro cuál es mi edad al día de la fecha). En su comienzo, el papel era mi fiel terapeuta (y mi único amigo). En él volcaba todo lo que me pasaba, lo que sentía, lo que pensaba. Poco a poco, día tras día, el vínculo se hizo más especial. Papel y birome, se convirtieron en un portal, una fuente, un puente que me conectaba con partes más profundas de mí misma, e incluso que me permitían vislumbrar partes de "algo más". Gracias a ellos, y al tiempo que yo misma dedicaba a este encuentro, me fui conociendo cada vez más. 

El viaje, en realidad, empezó ahí.

Gracias a ellos, me di cuenta cuánto disfrutaba escribir, y sobre todo, cuánto podía expresar. El papel me dio la posibilidad de comunicar. Yo era un queso rancio hablando. Me costaba un montón. Como comenté unos párrafos más arriba, yo tenía problemas de confianza propia (y un montón de otros temas que iré abriendo poco a poco) a raíz de eso. ¿Por qué me costaba tanto hablar? ¿Por qué me costaba dar mi opinión? ¿Por qué me costaba definirme con la palabra? ¿A quién le iba interesar alguien que no se expresa, que no comparte de sí? Yo me había convencido, en mi ignorancia e inocencia de mi temprana edad, de que no hablaba porque no tenía nada que decir. Porque no había nada interesante que aportar. Porque yo no interesaba en fin. Y descubrirme un día escribiendo cosas tan hermosas, de una hondura tan notable, fue para mí lo más maravilloso que me ha pasado. Me pude dar cuenta de que yo valía, mucho más de lo que alguna vez había siquiera imaginado. Pude admirar al menos algo en mí misma...

Y es que, para no extenderme demasiado, la escritura me ha salvado. Y yo me prometí a mí misma que un día haría algo con la escritura. Que el mundo algún día recibiría algo de ella, a través de mí, a través de esta existencia. Le rendiría homenaje de la mejor manera que pudiera. Y juré que nunca, nunca de los jamases, me apropiaría de algo que escribiese. Porque la Vida habla a través de todos y cada uno, de distintas maneras. Y yo, Natalia, soy solamente un canal. Generalmente escribo sobre mí, pero cuando lo hago, sé que estoy escribiendo sobre algo más, algo que no se reduce ni confina a mi mera existencia, sino que es algo compartido, algo que tal vez yo lo manifiesto, pero no me sucede exclusivamente a mí.

Ojalá estos escritos lleguen a otras personas. Ojalá sean útiles para alguien, algún día. 


Tchüss

No hay comentarios:

Publicar un comentario